Gregoria Camacho
La bruja del Presbítero Maestro
A principios del siglo XIX se inauguró el Cementerio Presbítero Matías Maestro, justo cuando Lima, aún cercada por sus murallas coloniales, empezaba a comprender que la muerte también podía ser una forma de orden. Hasta ese momento, los difuntos se amontonaban en criptas húmedas o bajo el suelo de las iglesias, en una densa amalgama de fe y putrefacción. El nuevo camposanto, diseñado por Matías Maestro bajo la guía ilustrada del virrey Abascal, prometía otra cosa: racionalidad, higiene y descanso.
Pero el tiempo pasó y, entre los mausoleos blancos y los cipreses, las historias también comenzaron a acumularse. Crónicas de suicidas, de amantes infieles, de entierros a medianoche. Relatos que, como todo lo que nace en Lima, empezaban a flor de piel y se hundían despacio en el lodo del rumor.
Una de esas historias es la de Gregoria Camacho. Su nicho, en el Pabellón de los Suicidas, todavía conserva el grabado de una calavera con tibias cruzadas y una dedicatoria escueta: «Recuerdo de Pablo P. Astete».
Nadie sabe a ciencia cierta quién fue en vida. Pero los mitos abundan, y hoy en día no es raro toparse con velas negras y extrañas ofrendas al pie de su tumba.
El relato que me llegó a mí va más o menos así...
Corría el final de 1897 y la ciudad atravesaba días difíciles. El calor resultaba implacable, el agua escaseaba y la fiebre abarrotaba de camillas los patios del Hospital Dos de Mayo. En los barrios antiguos, los muros de adobe se agrietaban y el aire apestaba a vinagre y sudor.
Allí, en un cuarto de callejón detrás de una botica, vivía Gregoria Camacho, una mujer de unos treinta años y de oficio incierto. Algunos decían que era curandera; otros, que vendía pócimas de amor y remedios para parturientas desesperadas. Lo único seguro era que su puerta jamás se cerraba del todo y que sobre su mesa siempre descansaba un vaso de agua turbia con una ramita de ruda flotando.
Entre los que tocaban a su puerta estaba Pablo P. Astete, un oficial de aduanas del puerto del Callao. Era un hombre de maneras suaves, casado y con un hijo pequeño. Padecía de un insomnio tenaz, y alguien le sopló el nombre de una mujer que preparaba infusiones capaces de «aquietar la mente». La conoció una tarde y volvió; primero por curiosidad, y luego por pura costumbre.
Cuentan que el romance fue discreto al principio. Sin embargo, poco a poco la frecuencia de las visitas se volvió evidente. En la oficina, los colegas le lanzaban bromas; en casa, su esposa lo observaba en silencio.
Cuando los chismes arreciaron —que si Gregoria usaba mechones de cabello para amarrar la voluntad de los hombres, que si enterraba muñecos atravesados por clavos—, Pablo decidió cortar por lo sano. Dejó de responder sus cartas y evitó pasar por su calle. La última vez que se cruzaron fue un domingo, a la salida de misa. Ella estaba de pie en la esquina del Jirón Ayacucho, con un pañuelo negro cubriéndole la cabeza.
No se dijeron nada.
Ni él a ella, ni ella a él.
Tres días más tarde, los celadores del cementerio Presbítero hallaron el cuerpo de una mujer junto al muro norte. No llevaba documentos. En el parte policial figuró como «femina no identificada, probable suicidio», aunque no presentaba heridas de gravedad. Solo unas marcas tenues en las muñecas y un gesto extraño, casi apacible, en el rostro. Algo que no llegaba a ser una sonrisa, pero que tampoco denotaba tristeza.
En su bolsillo encontraron una nota doblada: «Nunca quise hacer daño. Él le pertenece a Dios».
La sepultaron en la sección reservada para suicidas, excomulgados e inconfesos.
Un sepulturero de apellido Bendezú juró tiempo después que la primera lápida, toscamente hecha de yeso, «se rajó de punta a punta» de la noche a la mañana. Le echaron la culpa al sol y la cambiaron por una de mármol. Esta también se partió, pero en diagonal, como si hubiese recibido un golpe seco desde adentro. Uno de los trabajadores del cementerio que ayudó en el entierro y cuidaba el pabellón empezó a esparcir el rumor de que «la piedra respiraba». Al poco tiempo, el hombre perdió el juicio y terminó recluido en el Hospital Civil de La Misericordia de Magdalena, también conocido como Hospicio de Insanos o Manicomio del Cercado.
Nadie quiso volver a acercarse a ese nicho. Los vigilantes aseguraban que, al caer la tarde, se oían pasos o suspiros entre las tumbas. Otros hablaban de un persistente olor a alcanfor y sal marina, imposible de rastrear.
La Beneficencia de Lima, abrumada por las quejas, acudió al arzobispado. Y los frailes de San Francisco, acostumbrados a lidiar con misterios más silenciosos, aceptaron intervenir.
El Convento de San Francisco, fundado en 1674, era por aquel entonces tanto un monasterio como un laberinto. Sus monjes, devotos de San Francisco, gozaban de fama por su humildad y recogimiento, pero en Lima se les conocía sobre todo por su íntima relación con la muerte. Bajo la iglesia, las catacumbas se ramificaban como una segunda ciudad: túneles estrechos tapizados con los restos de miles de almas que alguna vez buscaron descanso eterno bajo suelo sagrado. El aire allí era espeso, impregnado de cal y cera, y los muros, que sudaban salitre, daban la impresión de respirar. Se decía que, a ciertas horas, los frailes escuchaban un murmullo brotar del suelo, un sonido a medio camino entre el rezo y el viento.
Cuando el Arzobispado les pidió auxilio, los franciscanos no titubearon. Estaban acostumbrados a esos menesteres: exorcizar tumbas inquietas y bendecir cuerpos hallados al margen de los sacramentos. Cuatro frailes participaron en la exhumación, liderados por el padre Arévalo, un hombre ya canoso y casi ciego que había servido años atrás en las misiones de Huánuco.
En la penumbra del amanecer, trasladaron los restos de Gregoria Camacho desde el Presbítero hasta el convento, envueltos en un tosco sudario. La bajaron por una escalera lateral hacia una de las galerías más profundas de las catacumbas, donde el frío de la piedra conservaba a los muertos. Allí, sobre un altar improvisado, iniciaron los ritos de absolución.
No existen actas oficiales de aquella noche. Solo queda una nota escueta y sin firma en un libro apócrifo, oculto entre los volúmenes del archivo franciscano. El texto reza:
«El cuerpo yacía incorrupto. A la tercera invocación, se levantó y pronunció palabras en lengua desconocida. Las velas se apagaron y el crucifijo cayó. Acto seguido, su carne se volvió polvo».
Tras lo ocurrido, los frailes guardaron silencio. Ordenaron regresar los restos al Presbítero antes de que saliera el sol.
Cuando los peones encargados de cargar el ataúd llegaron al cementerio, Pablo Astete ya aguardaba en la puerta. Iba sin sombrero, sin abrigo y descalzo. Tenía la mirada perdida, como si obedeciera una orden invisible. Entregó una pequeña bolsa con monedas y un papel con el diseño de la calavera que decía: «Recuerdo de Pablo P. Astete».
Se dio la vuelta y se marchó; jamás volvieron a verlo. Hay quienes dicen que se arrojó al mar; otros juran haberse cruzado con él meses después vagando por la Alameda de los Descalzos, hablando solo. Su esposa mandó a cantar una misa por su alma en San Francisco, pero nunca reclamó su cuerpo.
Desde aquellos días, el nicho de Gregoria Camacho permanece inalterable. Es la única tumba con el grabado de una calavera con dos tibias —marca de “peligro”— en todo el camposanto. Las flores que los curiosos le dejan se marchitan con una prisa extraña, y el mármol se siente caliente al tacto. En los archivos del cementerio constan varios intentos por reemplazar la lápida, todos interrumpidos sin explicación aparente.
Los guías de los recorridos nocturnos aseguran que si uno se planta en silencio frente a ella, se percibe algo idéntico a una respiración. Los más escépticos insisten en que es un eco que recorre los pabellones, o el viento colándose por las bóvedas.
Pero otros —sobre todo los cuidadores más viejos— prefieren callar. El miedo es tal que incluso permiten que chamanes, brujas y curanderos le rindan tributo para evitar desgracias. Por eso no es raro ver restos de cera negra y nidos de cabello humano pegados al suelo del nicho.
Porque en Lima, esa ciudad que olvida rápido pero nunca por completo, hay nombres que se niegan a descansar. Y uno de ellos es Gregoria Camacho.
Nota adicional
Ya conocía retazos de esta historia, pero obtuve más detalles de boca de un fraile franciscano mientras preparaba un episodio sobre el convento para un programa de televisión en el que trabajaba como guionista. Lo recordaba bien porque era amigo de uno de los sacerdotes que me dictaron Teología en el colegio. Al principio no me creí ni la mitad —y no solo por el asunto paranormal, sino porque los franciscanos tienen fama de registrar absolutamente todo desde la época de la Colonia—.
Sin embargo, el fraile terminó mostrándome el libro: “De Mirabilibus et Tenebris”. Es un compendio de exorcismos y ritos que, a diferencia de los otros tomos de la biblioteca de San Francisco, carece de firma, razón por la cual lo mantienen fuera del catálogo oficial.
Sea como fuere, la misteriosa lápida se puede contemplar hoy en día en el Pabellón de los Suicidas del Cementerio Presbítero Matías Maestro. Y, tal como se cuenta, ostenta el relieve tallado de una calavera y dos tibias cruzadas.








